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Poco después de que, dada por acabada la pandemia oficialmente, nos soltaran a la calle casi por obligación, mi hija y yo fuimos a cenar a un restaurante. Los camareros, simpatiquísimos, no nos dejaban pisar el suelo, prácticamente. Que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá… Dos tipos con suerte, ya que nosotras, felices sin las mascarillas, les reíamos todas las gracias. De pronto, como de costumbre, yo me levanté para ir al cuarto de baño (la señora Incontinencia Summa, esposa de Pijus Magnificus, para quienes se hayan meado de risa con La vida de Brian, se queda muy corta a mi lado). Para mi sorpresa, me encontré con dos puertas. En una, como de costumbre, vi la figura de una silueta con falda, es decir, lo que siempre se ha considerado el baño, lavabo, tocador… de señoras. Y en la de al lado, la misma repetida y otra figura de una silueta con pantalones (en fin, la que aparece en el baño de caballeros de toda la vida). Se me planteó un dilema: ¿en cuál entro? ¿Será indiferente, ya que en ambas hay una falda? Dudé un rato.

Tras constatar que el de una sola figura estaba ocupado, abrí la puerta para dos, no sin cierta precaución. No sé dónde me estoy metiendo, susurré. Me apresuré y después de lavarme las manos casi sin darme cuenta, salí. ¿Y si un hombre se me pone al lado y me mira mal? En fin, que esto de ir al aseo también se está complicando. Con tanta disparidad de géneros, cualquiera sabe qué hacer. Al volver a la mesa, mi hija me explicó que se trata de un lavabo muy acertado y a la orden del día, pues muchas mujeres no se identifican con la faldita. Yo soy más de pantalones, pero según la convención social suelo dirigirme al de la faldita. Llámenme anticuada. Incluso si tengo que elegir entre la pipa y el abanico (otro símbolo muy desfasado, supongo), entro en el abanico…

Ay, me dije, ya ni al baño puede ir una con calma. A partir de ahora me pondré una Tena Lady, como mi madre… Ayer, en otro local, de baño unisex, los mandos del grifo eran tan complicados, que al tiempo que me enjaboné la cara, me sequé el pelo y me lavé las gafas. Tres en uno. Y todo (jabón, agua y aire) salió del mismo artefacto, según te colocabas. En fin, que ya no salgo más a comer por ahí. Por culpa del puto lavabo.