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Hasta ahora, hablábamos de generación sándwich para referirnos a quienes andan por los 50 o 60 años, todavía trabajan y se ven obligados a ocuparse de sus hijos –aún demasiado jóvenes para independizarse– y de sus padres ancianos, que atesoran una esperanza de vida cada vez más prolongada. Para ellos, el tiempo no da más de sí, pues cada jornada tiene 24 horas y deben destinar al menos ocho de ellas a su empleo y otro tanto al descanso. El resto se escapa entre las visitas a los abuelos y las exigencias de los menores. Otro tanto ocurre con el dinero, que se divide en tantos compartimentos que durante décadas resulta imposible ahorrar o dedicar algo al disfrute propio. La situación es dramática porque hay que esperar a que los jóvenes sean capaces de salir adelante –cada vez más difícil y tardío– para respirar un poco.

Sin embargo, ahora se ha añadido un concepto nuevo a esta idea: la generación lasaña. Es esa misma franja de edad, un poco más adelante, cuando a la ecuación de deberes, cargas y servidumbres se añaden los nietos. En el fondo de todo se encuentra el problema de base de toda España: la falta de recursos públicos y lo escueto de los sueldos. Porque en un país desarrollado cualquier madre cuenta con una red de guarderías gratuitas, unos horarios razonables y un salario que le permite atender todas sus necesidades. A los abuelos se les mete en residencias o se encomienda su cuidado a profesionales a los que resulta factible pagar porque los sueldos lo hacen posible. Aquí, los jóvenes cuentan con los padres para todo: la entrada para comprar casa, la fianza para un alquiler, el coche heredado, la crianza de los nietos, hasta la comida, que se llevan en tuppers. Lo de siempre: país pobre que juega a ser rico.