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Almuerzo en el legendario Rancho Picadero de la Platja de Palma y converso con Doni García, su propietaria, acerca de cómo va la temporada. Todas las mesas del restaurante están ocupadas, y ella está contenta «con los clientes de aquí, pero no con los turistas, que este año vienen con menos dinero». Hablamos entonces de los botellones que se organizan en el paseo de la playa, y se lamenta por algunos empresarios conocidos suyos: «Sus terrazas están medio vacías, mientras que enfrente los jóvenes beben el alcohol que han comprado en los colmados. Es injusto». Algo parecido me comentó poco antes Miguel Pérez-Marsá, del Grupo Cursach. «Hay hoteleros que culpan de los desmadres a los locales de ocio, cuando nosotros somos los grandes perjudicados por la distribución de alcohol en los supermarkets y los vendedores ambulantes. Los jóvenes que se emborrachan y la lían en la calle estarían vigilados en nuestros establecimientos». El reportaje de Guillem Rosselló y Alejandro Sepúlveda que publicó Ultima Hora el pasado domingo es el reflejo de los excesos callejeros y, también, del problema que tienen los alcaldes de Palma y Llucmajor. ¿Qué sucede? En Reino Unido y Holanda, de donde proceden la mayoría de estos adolescentes, existen restricciones a la venta de alcoholes destilados. Aquí, en cambio, las botellas están al alcance de cualquiera, siempre. En Reino Unido y Holanda un botellón es un delito de altercado público. «Actuarían los antidisturbios», me explica el periodista Jason Moore. EnMallorca puede ser considerado una falta, y aún así cuesta mucho aplicar la ley.